Gladys o La huérfana viciosa
No debemos confundir a Charles Dickens (1812-1870) con Mark Twain (1835-1910). El primero era un inglés que escribió Oliver Twist, Cuento de Navidad y David Copperfield. Y el segundo un estadounidense, autor de Las aventuras de Tom Sawyer, Príncipe y mendigo y Las aventuras de Huckleberry Finn.
Aparentemente, todas estas novelas son la misma novela. Por ello y para aumentar la confusión, aportaremos una versión comprimida, con cambio de sexo y para adultos, de las seis obras citadas.
El nombre de la protagonista es un homenaje a la actriz que interpretó el personaje de Nancy en la genial adaptación muda de Oliver Twist en 1922, Gladys Brockwell (en la foto).
Gladys o La huérfana viciosa
Gladys es una pobre niña huérfana que vive con su malvado padrastro en un pueblo junto al río. Conoce a otra niña, vagabunda, y empieza a experimentar con ella los secretos de la masturbación. A causa de sus repetidas aventuras sexuales es realojada en un internado siniestro, donde sufre continuas violaciones y malos tratos. Cuando no puede aguantar más esa vida miserable, escapa de las garras de sus torturadores y consigue llegar a la gran ciudad. Allí se adentra con el frenético mundo de la prostitución, las drogas y la especulación inmobiliaria. Pronto conoce a varios concejales que le presentan a traficantes de armas y otros empresarios muy respetados. En esa época de su vida, Gladys es muy feliz. Sus benefactores poseen grandes mansiones, donde el lujo está acompañado de la comodidad. Y en el sexo, puede dar rienda suelta a sus deseos más ocultos, reproduciendo entre grandes orgasmos orgiásticos los episodios más sórdidos de su desdichada reclusión en el reformatorio. Pero cae en las garras de un viejo loco y avaro que no la quiere más que para limpiarle la casa y prepararle la comida. Una noche de diciembre, Gladys hace creer al loco que es un espíritu y le convence para que la trate como es debido, proporcionándole placeres carnales para mantenerla contenta. A la mañana siguiente, el viejo confiesa a la niña que es homosexual, y le da a conocer a su sobrino aristócrata, con el que Gladys mantiene relaciones a partir de ese momento. Poco a poco, irá intercambiando su personalidad con la esposa de su amante, hasta el punto de cambiar de morada de común acuerdo, sin que ni tío ni sobrino se percaten de la permuta. La magnífica noticia de la muerte de su padrastro le hace abandonar al avaro y a su sobrino, y se dirige a su pueblo junto al río para recibir la herencia. Allí se reencuentra con su vieja amiga vagabunda y deciden pasar juntas y amancebadas el resto de sus días, viviendo de las rentas.
La crítica
La novela Gladys es un gigantesco fresco de su época, los comienzos del siglo XXI, en el momento de la Historia de Occidente en que la corrupción está más refinada, y los políticos, los presidentes de las corporaciones, los traficantes de esclavos y los dueños de los medios de comunicación forman un grupo de élite que controla los gustos y las preocupaciones del resto de la población. A través de un personaje principal aparentemente frívolo y de un comportamiento pseudofreudiano, nos adentramos en una dolorosa realidad en la que lo mejor es lo peor: lo feo es lo bello, lo ético es lo injusto y la vida y la muerte forman un conglomerado viscoso que incluye la magnificación del eterno juego humano de la impostura. Cada uno de los tipos humanos de la narración representa una de las facciones de la humanidad en juego: Gladys es la masa supuestamente desinformada, pero culpable de mirar siempre para otro lado; su padrastro es la cúpula de quienes moldean el comportamiento de lobotomía general; el viejo loco es el antiguo habitante crédulo, hoy sustituido por el amoral; y así hasta terminar esta parábola que consagrará a Antonio Tausiet como uno de los escritores más (aquí se corta la comunicación)



