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Marta

January 23, 2007

 

Marta llora con los puños apretando los ojos mientras le sobrevuelan papeles viejos. Es una mañana soleada pero el viento pone mala cara a la poca gente que se atreve a salir. Marta sigue llorando y nada parece consolar esa colección de huesos jóvenes que todavía no chirrían al andar. Sabemos que hay millones de galaxias pero no sabemos cuántos minutos tardará Marta en dejar las lágrimas para ir a ver la tele y olvidarse de todo. Hay un cierto olor a azufre en las marquesinas.

Marta se levanta ya, va caminando hacia su casa. Pronto su rostro de ángel torturado se convertirá en guirnaldas de nada, en reflejo en sus pupilas de un zapping eterno. Ni sabrá que su padre grita, que su madre se ha ido hace varias horas. Dieciséis años de inactividad cerebral dan para mucho barro mezclado con gasolina residual. Cabras que mastican plástico de vertedero, explanada que antes era el eco del llanto, ahora sólo con periódicos rotos.

Un leve rumor a lo lejos, a través de la ventana de la casa de Marta. El teléfono móvil sí lo oye, paredes desconchadas atravesadas por la mugre de la humedad. -¿Por qué llorabas antes? -No sé. Muñecas rotas antes de ser comercializadas, virutas de lápices que nunca han dibujado, mezcla de menopausias precoces antes de la primera regla.

Protagonistas de la apacible tortura de una tarde oscura. Cuchichean atavismos. Unas cuantas mueren. Marta sobrevive dando varias vueltas a la misma manzana. El barrio no aparece en los mapas turísticos porque no existe. Hay grajos que gritan algunas veces, pero generalmente sólo se oye el rumor de la autopista. La noche muere.