La evolución insoportable
Cuando el ser humano actual se encuentra en una situación límite o consume psicotrópicos, se producen cambios en su estado de conciencia. Estas alteraciones se clasifican como patológicas, puesto que suceden por inducción y revelan diferencias respecto al funcionamiento habitual del cerebro. Como ejemplo claro de la diferenciación entre patología y normalidad, podemos apuntar que el sueño está considerado como no patológico, puesto que se produce con regularidad. Lo cual no quita que en ese estado, el cerebro nos muestre datos que no son considerados parte de la normalidad. Muchos de esos sueños presentan características similares o idénticas a las visiones que producen los llamados estados alterados de conciencia durante la vigilia.
La mayor parte hemos tenido alguna experiencia al respecto, tras consumir fármacos o drogas, por falta de sueño, por algún acontecimiento que nos ha importado más que el resto, o simplemente por la fiebre. Sin comerlo ni beberlo, te encuentras sintiendo apatía o euforia, e incluso ambas alternativamente. O sientes que tus neuronas funcionan más rápido de lo habitual. O tu percepción del tiempo no es la misma que antes. O escuchas los sonidos más altos, perceptibles y aislados. O te das cuenta de cuánto pesan tus brazos y tus piernas. O ves cómo ideas creativas brillantes crecen y se esfuman. A veces vuelve la sensación de ser consciente de todos tus niveles paralelos de pensamiento. O identificas sueños con recuerdos. Por no hablar de esa vivencia extrema en la que encuentras sentido a todo, pero cuando vuelves al estado vulgarmente llamado consciente no puedes volver a elaborar los mimbres de esa sensación.
Creo que todos estaremos de acuerdo en que la vida, tal y como la manejamos socialmente, no podría ser vivida en ese estado de percepción. Razones higiénicas nos llevan a defecar en lugares concretos; razones estéticas a modelar los pelos de nuestras cabezas; razones políticas a cumplir horarios estrictos; razones sentimentales a agruparnos de modos contrarios a nuestros deseos pero convenientes al común de nuestros semejantes.
El individualismo extremo acude siempre de la mano de los cerebros más capaces. En la desdibujada frontera entre la lucidez y la locura hay siempre brotes de genialidad que por lo general benefician a todos menos al que los engendra.
Hace 200.000 años, la cadena evolutiva del género homo, de la orden de los primates, llegó a su estado actual, que denominamos Homo Sapiens. Cuando el cerebro se desarrolló tal y como lo conocemos hoy, quizás sucedieron cosas que no nos hemos planteado hasta ahora.
Soy uno de los primeros humanos. El lenguaje es aún sólo una estructura de mi propio pensamiento. Sé que mi muerte va a ser inminente y doble. Moriré pronto como individuo, porque mi cerebro es capaz de darme toda la información acerca de cómo funciona, puesto que la tiene. Dado que me la transmite, estoy casi permanentemente ocupado en recibirla. Es decir, en dármela, que en mi estado es lo mismo. Mi nivel de conciencia es, sobre mí mismo, absoluto. Pero no puedo evolucionar. Será mi segunda muerte. Los individuos de mi misma especie que sobrevivan como grupo serán los que desarrollen la capacidad de disminuir su grado de autoconciencia. Así podrán conformar una sociedad, con sus normas, sus creencias, sus agrupaciones y demás elementos comunes. Para que la expansión del ser humano sea un hecho, deberá evolucionar como grupo e involucionar como individuo. Sé cuáles y cuántas son las neuronas que están produciendo estas reflexiones, y las que me hacen deglutir, caminar o respirar. En poco tiempo, no quedará ningún espécimen que se dé a sí mismo ese tipo de información. Seguramente la lucha por la supervivencia, ese impulso vital que no tiene ninguna explicación, organizará la pirámide de poder basándose en ritos elaborados al efecto. Se compartimentará el período con luz solar para que se pueda aprovechar con eficacia. Se elaborarán rituales colectivos que se celebrarán en lugares concretos. Se sustituirá la lucidez por la trascendencia. Surgirán el arte y la cultura. Habrá universos y seres paralelos, lugares generados por la mente, tanto para su uso en vida como para su supuesta ocupación tras la muerte.
Quizás llegue un momento en que la evolución social aporte una nueva escala de valores, y los dioses den paso de nuevo a la autoconciencia. Quizás en ese momento no se necesite cazar para comer, o buscar apareamiento para procrear. Entonces, en unas cuantas generaciones, renacerá el ser humano primigenio. Y quizás mi segunda muerte se transforme en una resurrección efímera del individuo plenamente consciente. Que durará muy poco, y tendrá dos posibles finales. El más probable, la vuelta al mundo ritual. Pero cabe también la posibilidad de la extinción de la especie para siempre. Siento el goteo de mi orina en la vejiga, tan constante como la evidencia de que la selección natural convive con el azar.




jodo tausi, me he quedao patidifusa con esta peazo de reflexión…
besicos
Comment by Teresa — June 20, 2008 @ 12:53 pm
Son las cosas del mundo ritual… Besicos
Comment by t7 — June 20, 2008 @ 12:55 pm