La Orden de la Jarretera
El monarca inglés Eduardo III fundó la Orden de la Jarretera a mediados del siglo XIV, intentando recoger el espíritu caballeresco de la Tabla Redonda del Rey Arturo. Una jarretera es una liga, es decir, la sujeción de la media. Según la leyenda, el rey recogió del suelo la liga caída de su amante (la Condesa de Salisbury) ante las chanzas de los cortesanos. Entonces pronunció las palabras en francés medieval que se han convertido en lema de la Orden: “Honi soit qui mal y pense” (“Sobrevenga la deshonra al que mal piensa”). Así pues, la principal divisa de los miembros es hacer el bien, so pena de caer en la deshonra (exclusión) si fallan a la norma.
La ambivalencia entre honor y sexualidad están presentes en la filosofía mítica de este grupo humano, cuyos componentes militares y nacionalistas no nos interesan lo más mínimo.
La correspondencia entre las obras bondadosas y el acto de amar es un motivo tradicional de la filosofía. Es precisamente el momento en que se presentan las tomas de decisión amatorias cuando hay que optar con más claridad por la honra o la deshonra (que en términos actuales llamaríamos mejor honradez e inmoralidad).
Si bien históricamente se ha tenido por honesta a la dama que no acepta los requerimientos sexuales del varón; y por deshonesto al hombre que no contiene sus instintos sexuales ante la admirada presencia de una hembra, la existencia de una organización de orígenes tan peculiares como la Orden de la Jarretera nos hace ver que ya desde hace siete siglos, el erotismo es un tema que no se puede definir con estereotipos.
La liga femenina, fetiche indiscutible de lascivia, simboliza una posición ética que justifica los actos provocados por el deseo sexual. La dama ya no es buena por rechazar los requerimientos del varón; el hombre ya no es santo por contener su natural atracción por la belleza.
Gozosamente, la sensualidad se identifica con el bien y se invierte el antiguo pecado de la lujuria, rompiendo la versión oficial judeocristiana del sexo como pecado, acercándola a la versión oriental, más acorde con la naturaleza, que eleva a la categoría de rito el amor y sus manifestaciones.
La visión contemporánea del asunto parece más cercana a la experiencia humana que el absurdo que se ha impuesto tradicionalmente desde los estamentos oficiales. Si el dolor, por lo común, se tiene como algo negativo, la existencia de la Orden de la Jarretera nos recuerda que el placer es, por definición, positivo.



