
En la inmensa maraña de estudios sobre William Shakespeare, los autores se devanan los sesos para desentrañar las motivaciones, la técnica y las características de su creación literaria. Sin embargo, nada más fácil que acudir a sus propias declaraciones al respecto.
En su poema narrativo La violación de Lucrecia, basado en una leyenda sobre el origen de la república en Roma, la protagonista ahoga sus penas contemplando un cuadro que representa la Guerra de Troya.
El narrador nos brinda una ocasión única de escuchar a Shakespeare en primera persona. Es una figura con la que contamos escasamente en la obra dramática del autor, puesto que en el teatro quienes hablan son casi exclusivamente los personajes, excepción hecha de algunos prólogos y epílogos recitados usualmente por el coro.
La primera reflexión con la que nos encontramos es:
El arte infunde ilusión de vida, a despecho de la Naturaleza.
Toda una declaración de intenciones artística, que apuesta decididamente por la creación en contraste con la realidad, por la facultad humana de interferir con su inteligencia en la corriente natural.
Luego se dedica a desgranar los variados caracteres mostrados a través de los semblantes y los gestos pintados: desconfianza, tristeza, arrogancia, destreza, cobardía, temor, rabia, astucia, autodominio, gravedad, atención, esfuerzo y cólera. Y añade:
El artista había llamado a la imaginación del espectador para que trabajase con él en su obra, mostrando a la vez tanto arte, naturalidad e ingenio, que le bastaba un detalle y el cuidado de completar el resto de la figura se encomendaba a la imaginación.
Y nos detalla más caracteres: heroísmo, esperanza, alegría matizada por el temor, angustia, sufrimiento y desesperación. Después Lucrecia lamenta que uno de los personajes (Hécuba) no pueda hablar, para expresar su dolor.
Es evidente que Shakespeare nos está hablando del oficio de creador, de su oficio, a través de la descripción detallada de las muestras de humanidad de los protagonistas del cuadro. Nos deja claro que domina a la perfección los recovecos del espíritu humano, cosa que demostrará en sus obras dramáticas. Pero además explica claramente qué resortes utiliza para hacer llegar todo esto al espectador: no es necesario dar todos los datos, sino que con mostrar alguna pincelada, si se hace con "arte, naturalidad e ingenio", el personaje queda plenamente caracterizado. Y (esta vez a través de Lucrecia) hace una alabanza del poder de la palabra para expresar los sentimientos: exactamente la técnica que él dominaba mejor que nadie.
Por fin, se nos presenta a otro personaje del cuadro (Sinón), al cual el pintor ha dado rostro de inocencia, pero que en realidad es un traidor:
El muy concienciudo artista había creado esa dulce figura para representar al perjuro Sinón.
Para terminar, Shakespeare sentencia:
Todo este tiempo invertido por Lucrecia en contemplar las pintadas imágenes la ha hecho al menos escapar a su pensamiento.
Dos últimos apuntes del genio para dejar claro que un buen personaje dramático bien caracterizado no ofrecerá su interior a través de su apariencia primera; y que una de las funciones más importantes del arte es la de ofrecer, con su reelaboración de la realidad, consuelo para sobrellevar las penas terrenales.
Todavía hay quien niega que William Shakespeare fuese quien escribió sus propias obras. Seguramente, todos estos aficionados a la especulación sin sentido no se han preocupado de leer al autor en una de las declaraciones más esclarecedoras de su concepción del arte, sus técnicas y su sentido, plenamente aplicable al conjunto de su creación artística. Allá ellos.