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Qué majo, Sardanápalo

April 11, 2009

Mefistófeles: Mandaría edificar para las más lindas mujeres unas casitas íntimamente cómodas; allí pasaría horas sin fin en un retiro deliciosamente acompañado. Y digo mujeres, porque, una vez por todas, quiero yo las beldades en plural.

Fausto: ¡Ruin y moderno! ¡Sardanápalo!

Johann Wolfgang Goethe, Fausto, parte II, 1832.

 

Sardanápalo, nombre griego de Asurbanipal, era un rey de Asiria (Babilonia, Oriente Medio) en el siglo VII a.C. Fue uno de los pocos gobernantes de la antigüedad que sabía leer y escribir. Durante su reinado se vivió una época floreciente en las artes y las letras, y se construyó en la capital, Nínive, la primera gran biblioteca conocida.

La leyenda, tomada de Diodoro Sículo, historiador griego, atribuye a Sardanápalo su suicidio con todas sus concubinas y sus caballos, incendiando su palacio y toda la ciudad de Nínive, para que el enemigo no pudiese conquistarla.

El poeta romántico Lord Byron escribió al respecto su drama Sardanapalus en 1821, dando nombre a la favorita del rey, la esclava Mirra, y el pintor Delacroix reflejó La muerte de Sardanápalo en 1827, con éste acostado en su cama en la cima de una gran hoguera.

El personaje histórico ha pasado a ser la personificación romántica del poderoso que se rodea de opulencia y placeres, para concluir en la fábula moral de “los excesos se pagan” con su autoinmolación. Todo ello en torno a la supuesta razón de la caída de los imperios (en este caso, Babilonia) a causa de su depravación moral, tema que ya aparece en el Apocalipsis.

Una de las versiones del supuesto epitafio de Sardanápalo reza: “Come, bebe, juega, porque lo demás no vale la pena”. Es la versión positiva del mito, el consabido Carpe Diem.

Federico García Lorca escribe en su Oda y burla de Sesostris y Sardanápalo:

Sardanápalo enfermo de esmeralda,
que se quita las venas para entrar en el baño.
Niño triste que monta los caimanes y tiembla
con la rosa nocturna de fugitivo acento.
Compraste en almacenes de Tokio
un millón tres mil una mariposas
y les diste a beber sangre en los cuellos
de un millón tres mil una doncellas degolladas.

El apelativo sardanápalo ha quedado en castellano como “hombre dado a los placeres”. El nombre de la sardana, baile catalán, proviene de la isla de Cerdeña (Sardaña). Es decir, que no tiene nada que ver con Sardanápalo. Sin embargo, no se hace raro imaginar a unos cuantos ampurdaneses giróvagos en torno a una gran fogata solsticial con un Sardanápalo encamado en la cima, ardiendo junto a sus hetairas, triunfante en su autodestrucción ritual.