La cultura e Internet
Mayo de 2009. Un grupo de intelectuales de izquierda franceses se manifiestan públicamente en contra del Partido Socialista por su oposición a las restricciones de acceso a Internet que propone el presidente Sarkozy. La gauche divine conserva, por desgracia, presupuestos absolutamente caducados respecto a la cultura.
En España, los artistas socialdemócratas defienden el canon digital y se quejan de las descargas domésticas de música e imagen. Los medios de comunicación repiten una y otra vez la denominación “descargas ilegales” para hablar del intercambio de archivos. Ninguna ley vigente contempla el delito de obtener los datos que otros usuarios ponen a nuestra disposición.
En medio de la corriente de desinformación, algunos usuarios de programas como Emule o Ares o sistemas de intercambio como Torrent, se justifican aduciendo la no disponibilidad de los materiales obtenidos en las tiendas: discos y películas descatalogados. Estas personas no recuerdan que cuando compraban un elepé, lo grababan en una cinta para sus amigos. Aquello no era delito. El P2P tampoco.
En el fondo de todo esto se halla una concepción de la cultura y de la información no acorde con la evidencia tecnológica. La persona que idea una canción o realiza una foto, un dibujo o una película, ha sido hasta ahora la propietaria de los derechos de autor de sus obras. Ello ha sido defendido históricamente por la izquierda, alimentando un sistema eminentemente comercial y fomentando la sobredimensión de las empresas gestoras del dinero generado por los supuestos derechos (SGAE).
Las cosas ahora son bien distintas. Los artistas deben adaptarse a los tiempos; sus explotadores también. Y los tiempos los marca, de momento, la existencia de Internet: una red que conecta entre sí a personas, bienes y servicios. Y las personas que quieren compartir sus bienes lo hacen. Igual que los que desean pagar por diferentes servicios.
¿Cuál es el peligro? Si desaparece el comercio de cultura en soportes como los DVD o sus sucesores, no por ello los creadores dejarán de crear: su obra se difundirá por la Red. O si Hollywood se hunde, las superproducciones cinematográficas pasarán a la Historia, tal como las concebimos hoy. Lo cual es un dato irrelevante. La cultura no peligra. Peligran las empresas que se benefician de ella. Recíclense pues. No les queda más remedio.
Seguramente hay varios equipos de personas pagados por las corporaciones trabajando para implementar la censura mundial en el tráfico de datos de Internet. Pero nos queda la esperanza de la existencia de miles de ciberactivistas. Es muy posible que esta nueva revolución silenciosa sea imparable. Brindo por ello.



