La muerte
Uno se pone a hablar de la muerte y parece que sea un agorero. Pero bueno, si es lo más habitual. Digo yo. O sea, que todas esas gentes que parecen molestarse no tienen conciencia de que van a morir. Ya, más bien lo que no tienen es ganas de pensar en ello. Hasta cierto punto es lógico, porque ser plenamente lúcido a ese respecto te lleva a la parálisis. Igual que la inmortalidad. Los inmortales acaban todos sin encontrar ilusión por nada. Pueden posponer sus tareas eternamente. Y acaban inmóviles, yertos. Como los muertos. Vamos, que si piensas continuamente en que vas a morir, pues te das cuenta del sentido que tiene todo. Y no voy a ser yo el que diga qué sentido tiene la vida, claro. Y eso que lo sé.
Entonces uno se pone a hablar de la muerte, casi siempre para animar las veladas, para hacer sentir bien al prójimo, por aquello de que total, si sólo son cuatro días, disfrutemos mientras respiremos, y todas esas frases contrahechas. Y el de al lado te repudia. Pero si yo sólo quería poner un punto de alegría. Y con el resto como con la muerte: vas diciendo cosas obvias, racionales, y no. Lo que hay que hacer es mentir a troche y moche. ¿La muerte? No existe. Bien. ¿La injusticia? Tampoco, allá se las componga cada uno. Y es entonces cuando caes en uno de los dos agujeros tautológicos preferidos de nuestros tiempos: la adoración de la naturaleza como si fuese una entidad pensante superior; o el recurso al humorismo.
Y ahí quería llegar yo. El humor contra la muerte. De las formas de poesía, el amor y el humor andan luchando por la primacía, según si el humano receptor es más o menos proclive. Andando el tiempo, eso del amor se revela como un asidero algo frágil. Así que riamos. Con dientes de calavera para homenajear a la dama de la guadaña, en un guiño facilón pero efectista.



