Texto de presentación de María Tausiet del curso codirigido con James Amelang en la Universidad de Verano del Escorial:
Accidentes del alma: las emociones en la Edad Moderna
Todo parece indicar que las emociones son algo muy importante en nuestra cultura. La TV y los periódicos nos inundan constantemente de anuncios en los que la palabra “emoción” es omnipresente: desde las exposiciones artísticas (dama de Elche) o de cualquier otro tema (Expo del agua en Zaragoza), desde los paraísos artificiales que ofrecen las agencias de viajes (“llevamos 75 años creando grandes emociones”) desde las marcas de coches (“autoemoción” –que no es una emoción que siente uno solo, sino la del que va en un determinado automóvil-; engranaje que forma un ojo del que cae una lágrima, etc.) hasta el sorteo de la lotería…
La conclusión es que las emociones se presentan hoy en día como lo más deseable y, por tanto, como algo que se puede comprar y vender. Vivimos una cierta contradicción: por un lado, se supone que las emociones son espontáneas, que no se pueden provocar, que se apoderan de uno, que son misteriosas, auténticas e inconscientes. Por otro lado, sentirlas está al alcance de la mano, pues son un artículo más de consumo, aunque no precisamente al alcance de todos los bolsillos.
La actual sobrevaloración (o, más bien, abuso) de las emociones por nuestra sociedad de mercado contrasta, en principio, con la consideración que sobre éstas se tenía en la época que trataremos en el curso. Para empezar, hay que señalar que la palabra emoción es muy moderna, y que en los siglos XV al XVIII de lo que se hablaba era de pasiones (pasiones del ánimo, o del alma) como algo pasajero que afectaba al individuo y lo alteraba, para después volver a su ser. De ahí los términos pasión y afecto. El título del curso “Accidentes del alma”, una de las formas en que se denominaba lo que ahora llamamos emociones, expresa perfectamente ese concepto: accidente como algo contingente, que puede existir o no, a diferencia del alma, que según la definición aristotélica, sería la sustancia (necesaria y permanente). Según el famoso diccionario de Sebastián de Covarrubias, publicado en 1611, las pasiones eran “perturbaciones del ánimo, que lo alteran y causan en el cuerpo un particular movimiento”: las emociones, por tanto, como movimientos que romperían la serenidad, la quietud o la tranquilidad, que se suponía era la aspiración máxima del individuo (como un lago en reposo, que se ve de pronto alterado por turbulencias).
Sin negar, por supuesto, la importancia de las emociones individuales e íntimas de nuestros antepasados, lo cierto es que, a diferencia de hoy en día, las emociones se hallaban mucho más ancladas que ahora en determinados códigos de conducta, desde los marcados por la religión hasta los códigos de etiqueta o cortesía. El concepto de “emoción sincera”, por ejemplo, no existía como algo positivo, ni tampoco la idea de que las personas sentimentales fueran más virtuosas, sino todo lo contrario.
Pese a quienes defienden la universalidad de las emociones, estudios recientes demuestran cada vez más que muchos sentimientos que solemos considerar naturales, impulsivos e incontrolables, en realidad son producto de la cultura en que vivimos. Como ha definido un conocido historiador que ha estudiado el cambio sentimental que se produjo a finales del siglo XVIII coincidiendo con la Revolución francesa, las emociones pueden ser definidas como “hábitos cognitivos aprendidos”. Como cualquier otro hábito, son ciertamente involuntarias a corto plazo, pero también pueden ser aprendidas (¡y desaprendidas!) a largo plazo.
El cultivo de las emociones como resultado de un esfuerzo se ha estudiado en ciertos comportamientos rituales que enseñan cómo la representación de una emoción puede actuar como un agente creador de ésta, tanto a nivel colectivo como individual (en algunas culturas, como la balinesa, por ejemplo, se cree que la cara y el corazón se influyen mutuamente, de manera que poner buena cara cuando se siente pena no sería entendido como un “disimulo hipócrita”, sino como un medio para sentirse mejor).
Los límites entre emoción y pensamiento, o entre razón o pasión no son, pues, tan grandes como a veces se nos ha enseñado a creer. Cuando se consideran las emociones como algo inconsciente o automático suele ser porque no se les ha prestado todavía la atención suficiente (para Freud, traer a la memoria ciertos acontecimientos olvidados del pasado y ser capaz de asociarlos a las emociones que produjeron en su momento implicaba la desaparición de muchos síntomas neuróticos). La expresión de las emociones, por tanto, podría actuar sobre éstas, confirmándolas o no, intensificándolas o no (es muy conocido el ejemplo de Bertrand Rusell, que dijo no haber sabido que amaba a su novia hasta que no se lo dijo, es decir hasta que no lo tradujo en palabras).
Sin que todo ello suponga desdeñar la importancia de las emociones, sino precisamente todo lo contrario, dedicaremos este curso a reflexionar sobre ellas, y a rescatar del olvido ciertas expresiones emotivas (gestos, lágrimas, lamentos…) que la historia oficial se ha ido dejando por el camino. Quizás entendiendo un poco mejor lo que sentían nuestros antepasados, el contexto en que lo sentían y cómo lo manifestaban, podamos ser capaces de entendernos mejor también a nosotros mismos.


